martes, 23 de octubre de 2012

Cera caliente

Cada vez que paso por esa calle es lo mismo, donde estuvimos la última vez que te vi y es como si fuera un espectador del momento justo cuando mis sentimientos se aventaban a un pozo oscuro del que no he podido salir, con paredes de piedra sólida, en el que me han entregado sólo una pala y el único espacio de tierra que existe está bajo mis pies.

Esa noche me ha atormentado en sueños y en lucidez, la noche en la que nuestra relación llegó a su fin, liberando las cadenas que se fueron formando eslabón por eslabón por nuestros problemas, con tu estúpida mente cerrada y por mi manía de ceder mas de la cuenta, esa noche en la que no pude soportar el peso que cargaba sobre los hombros y dije todo lo que alguna vez traté de hacerte ver y no le diste importancia en el momento correcto, pensando que estaba sobre actuando, y dije también lo que había tenido en mi cabeza por mucho tiempo, que no mencioné porque no lo tomarías en serio.

Esa noche fue la misma en la que me dijiste que podías cambiar ciertas maneras de pensar, ciertas acciones... menuda mentira, aparte era demasiado tarde, me aferré a mi decisión y nos dejamos ir. 

Odio llorar, sobre todo frente a ti, odié la manera en que pusiste tu mano sobre mi rodilla, quemaba como cera caliente, se sentía como una de las incontables veces que estuvimos ahí mismo, hablando en el carro, se sentía como si las cosas fueran a seguir igual, que yo terminaría cediendo y haciendo las cosas a tu manera. Así empezaba siempre, había problemas, te decía que teníamos que hablar, nos veíamos en el carro, intentaba explicarte, no entendías, no cedías, yo comenzaba a llorar y después de un rato ponías tu mano sobre mi rodilla, y era en ese preciso momento cuando me desarmabas completamente, olvidaba por lo que me habías hecho pasar y cedía. Te topaste con pared y esa última ocasión no cedí y cuando tú lo intentaste, había un muro entre nosotros, un muro impenetrable que nos encargamos de construir los dos, nos llevó años hacerlo y en una noche lo quisiste derribar, aún te deben de doler los puños.

El recuerdo que mas me duele de esa noche, el que se ha quedado en mi memoria y se reproduce una y otra vez, es tu abrazo, un abrazo de despedida que pudo haber durado media hora y que para mí no fue suficiente, la sensación de tu cuerpo junto al mío, los dos conscientes de que era el final, madre santa, ese es el recuerdo que me atormenta día y noche, ese maldito abrazo es el que está clavado en mí, esa sensación de perderte es tan recurrente que no se cuanto pueda aguantar, me desgarra desde dentro y no parece aplacarse, todo el tiempo está conmigo, no duerme, no toma descansos y yo en verdad no se que hacer.

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